Borrado-Bordado nace de la necesidad de Borrar a aquellos que nos borraron y superar lo Borrado.

Mediante el Bordado-Fotográfico como voz, borramos los cuerpos que nos violentaron.

El silencio es cómplice de las violencias silenciadas.

Todos los testimonios aquí retratados son reales.

  • Enara:

    "Aquí va mi historia:

    Chica conoce a chico: Una conexión al instante.

    Pasadas unas semanas decidimos pasar un fin de semana juntos, disfrutando de Madrid. Fue increíble y pudieron ser las 72h en las que más reímos, hicimos todo esos planes que haces cuando parece que está evolucionando a algo. Cuando se marchaba le dije “adiós” y me respondió “no digas eso, di hasta luego”. Algo tan absurdo no se por qué se me clavó como un puñal. Algo me decía que igual no volvía a ver a esta persona.

    Pues desapareció. Del todo. Me dejó en un desierto mental donde no entendía nada y todo eran preguntas: ¿qué he hecho para que no me hable? ¿Le escribí mensajes de más? ¿será que no le gusto lo suficiente? Y te sumes en un bucle muy oscuro donde la falta de respuestas te deja colgando de un hilo tan fuerte que te ahoga. Aquella vez fue la primera que tuve un ataque de pánico.

    Meses después cuando ya empezaba a asimilar la situación, volvió. Vuelve porque se ha dado cuenta que la ha cagado, le dejas entrar otra vez. Pero vuelve a pasar y cada vez que sucede haces más cosas que nunca en la vida te vas a perdonar. Hasta que un día te das cuentas que el problema es suyo, y eso no lo puedes arreglar, pero también tuyo, y tu partes si la puedes solucionar.

    Mi metáfora de dejarlo ir fue cuando tiré unas sandalias rojas. Eran preciosas y me hacían unos pies preciosos, pero cuando pasaba meses sin usarlas se me olvidaba que tras dos horas me dejaban unas ampollas que me duraban una semana, y aprendí que por mucho que me encantarán no merecían la pena”.

  • Lucía:

    "¿Tengo que trabajar en perdonar? No, no tengo que perdonar.

    Yo siempre he querido un perro. Desde pequeña.

    ¡Siempre!.

    Hace diez años compartía mi vida con D. Era alérgico a los perros y tenía descartada la idea de adoptar un perro.

    Fue una relación de maltrato psicológico desde el principio. Ahora lo sé.

    Y adoptar a Mosto fue el detonante de destruirme por completo.

    La decisión de adoptar un perro fue suya. Adoptamos a Mosto, un galgo con muchísimo estrés por separación ya que fue abandonado 2 veces.

    Fue muy duro el proceso de adaptación. Me dejó con toda la responsabilidad. Me dejó sola.

    Si en esa casa literalmente todo lo que pasaba era culpa mía imagínate con Mosto. Vivía con sus ojos en mi nuca. Todos los días tenía una sensación de incomodidad constante si Mosto hacía algo que le podría molestar y D lo manifestaba de muchas maneras. Continuamente me hacía sentir pequeña con comentarios pasivos agresivos delante de sus amigos, me insultaba...

    La situación me vino grande. Dos meses y medio después Mosto volvió a la protectora. Lo llevé sola. Este dolor lo voy sentir siempre. D sabía lo importante que era para mí Mosto. Todavía no puedo hablar de esto.

    ¿Qué mierdas tienes en la cabeza para hacer tanto daño?

    Desde la aceptación de adoptar a Mosto, ir a por él, la ilusión, la soledad, la indiferencia, las vejaciones, el abandono, el duelo.

    Fue un te lo doy y te lo quito cuando yo quiera.

    A los dos meses terminé con D”.

  • Izaskun:

    "Prefiero que quedemos, no me explico bien escribiendo".

    (Quedamos para tomar unas cervezas).

    "...Fue mi jefe durante tres años. Era el responsable de recursos humanos.

    Y me gustaría que me pusieras un nombre vasco. Los nombres vascos siempre me dan sensación de fuerza. Y también que en la fotografía aparezca un tío con aspecto de cuñado/empresario.

    Siempre nos reuniamos en un espacio diminuto y cerrado. Era muy incómodo. El siempre sentado a mi lado. Su rodilla siempre tocando mi muslo. Eso ya me ponía nerviosa.

    Un día su rodilla empezó a moverse. Pero no un movimiento nervioso...más bien un movimiento de ¿Caricia?.

    Espera, necesito otra doble. Y me encantan las tapas de este bar.

    Otro día me comentó sobre mi manera de vestir, sobre mi pelo, el maquillaje, mi postura corporal al andar. Sobre mi tono de voz. Decía que mi tono de voz le ponía. Que parecía que susurraba.

    Cuando me dijo eso yo ya estaba totalmente presionada por mi "bajo" rendimiento en el trabajo. Por eso no dije nada a nadie de la empresa. Pensarían que sería una "excusa" o una mentira.

    Tampoco fue a más. Tampoco es para tanto.

    (¿Pero te fuistes de la empresa?)

    Sí, me fui. Pero no por el. No me mires así. Ya te digo que tampoco fue para tanto. No fue acoso, no exageres.

    Me sentía incómoda sí.

    En terapia me dicen que todavía no ve reconozco como víctima".

  • María:

    "Yo me callé.

    Pensaba que a ese chico le interesaba por algo más que lo que no consiguió. Lo que sí consiguió fue hacerme sentir culpable por subirme al coche con él e irnos a un sitio poco concurrido. Calentona, me dijo. Y yo me callé.

    Ahora ella no se ha callado. Pero también tiene miedo. Miedo a que no se haga justicia y todo se quede también en un “no debí ir con él”

    El miedo, la culpa, los reproches…han vuelto a mí. En forma de mala madre. No he podido evitarlo y el círculo 30 años después se ha cerrado. ¿O no? Tengo todavía a veces esperanza de que ese círculo se convierta en líneas curvas y fluyan…y se alejen…y se lleven nuestras pesadillas.

    Las nuestras y las de tantas otras…".

  • Irene:

    "La violencia silenciosa. La que no es visible es la más difícil de contar. Me ha costado mucho explicar cómo es esa violencia. Mi violencia vivida es la indiferencia de mi familia. Es sentirte sola tantas veces, es mendigar atención y cariño. Sentirse que no perteneces a ese núcleo tan importante que es tu familia. Ese rechazo era y es constante desde hace años. No se cómo acercarme a ellos. Quiero que no me duela. Quiero no sentirme invalida. Quiero no sentir ese rechazo".

  • Leire:

    "¿Recuerdas a Sergio? El monitor de las Alitas y los Lobatos. El pelirrojo. Te acuerdas que en el campamento de Burgos me pase medio verano llorando en las letrinas. Era en el único lugar donde podíamos estás solas. Una tarde Sergio apareció por las letrinas. En ese momento sentí una sensación de alerta sin saber porqué. Sentí que tenía que irme, que no tenía que estar a solas con el. Las manos, me acuerdo del temblor de mis manos, la vulnerabilidad y el frío. Desde este día solo pensaba en cuántas de nosotras no pudo salir cagando leches de allí ".

  • Candela:

    "Cuando tenía 20 años me concedieron una beca de estudio en México, tenía un convenio por seis meses que se convirtieron en cinco años, que bien pudieron haber sido por algún postgrado o prácticas, pero no, me quedé porque le conocí. De echo dejé mis estudios ya que “No son gran cosa” como él argumentaba. Era extraño que una persona que siempre soñó con estudiar te hiciera ese tipo de comentarios, pero a mi me bastaba con ignorarlos, o eso pensaba que estaba haciendo, ignorar y sentir que tenía el control sobre mi.

    Lo cierto es que aquel comentario sí importó y fue la primera dosis de gaslight. Claro que yo me doy cuenta de todo aquello hoy, ocho años y seis meses después.

    Las personas que conocí en México eran en realidad, amigos de él y yo simplemente venía incluida. Éramos un pack del 2x1. Estaba mucho mejor donde él me pudiera ver y cuidar, ¿o controlar?…

    Durante los ocho años que duró nuestra relación, siempre me fue infiel. Yo le perdoné. El aseguraba que no lo volvería a hacer. Yo le creía porque quería creerle. Pero me daba cuenta del engaño y terminaba por sentirme absurda y avergonzada. Siempre tenía una mueca retorcida cuando me llamaba loca, y unos ojos muy abiertos, con mucha ira, por eso me sentía mal de no creer en él. Incluso me convenció de acudir al psicólogo por mis “celos patológicos”.

    “He conocido a otra persona”, era la segunda vez que esto pasaba y yo me resigné. Dolió mucho, pero en mi recurrente masoquismo siempre trataba de perdonarle, volver a la normalidad de la relación, a las mujeres nos crían para ser cuidadoras y salvadoras, y yo no podía ser menos. Y así pasaron tres meses de idas, venidas y nulo poder de convicción. Nula también mi autoestima. Conseguí salir de todo esto cuando me puse en contacto con “la otra” después de una noche en la que él me suplicó de rodillas que confiara en él (otra vez más después de reiteradas oportunidades fallidas). La respuesta fue clara, sí, se seguían viendo. El final se cuenta solo porque la decepción pesaba más que cualquier perdón”.